VIRTUDES INVISIBLES QUE NOS PERMITEN DISFRUTAR DE RECOMPENSAS VISIBLES

 

Durante las reuniones, mi maestro Josei Toda, el segundo presidente de la Soka Gakkai, a menudo invitaba a los miembros a que se sentaran a su lado frente al Gohonzon y los elogiaba por su admirable esfuerzo en bien del kosen-rufu. Con una sonrisa afectuosa, decía algo así como: «No puedo darte nada, pero tampoco me preocupa, porque estoy seguro de que Nichiren Daishonin tiene una magnífica recompensa para ti». Tuve oportunidad de presenciar estos intercambios en numerosas oportunidades.

En este año de cambios turbulentos, nuestros valiosos miembros se han esforzado intrépidamente. Muchos han estado tan ocupados resolviendo asuntos y desafíos interminables, que no han tenido tiempo siquiera de disfrutar del paso de las estaciones. Pero, unidos a sus compañeros, han trabajado sin desmayo con el deseo de «establecer la enseñanza correcta para asegurar la paz en la tierra», el ideal que nos encomendó el Daishonin.

Si pudiera, me gustaría agradecer y elogiar personalmente a cada uno de los integrantes de nuestra familia Soka del Japón y de todo el mundo. Con ese corazón, mi esposa y yo hacemos daimoku todos los días.

                        El Daishonin escribe: «La virtud invisible genera recompensas visibles»;[1] y «Aunque su actitud confiable al principio pase inadvertida, con el tiempo las recompensas se harán manifiestas».[2]

                        Todas nuestras acciones basadas en el juramento del kosen-rufu son inseparables de la Ley Mística y de Nichiren Daishonin, el buda del Último Día de la Ley. Ni un solo esfuerzo cae en saco roto. Aunque nadie más tenga conciencia de lo que hacemos, los budas y deidades celestiales del universo, hasta el sol y la luna, registran nuestras acciones. Mientras tengamos esta convicción, no nos preocupará la forma en que nos observen los demás en determinado momento.

                        El mundo de la Soka está imbuido de fe: la fe de nuestros incontables miembros. Es una carrera de relevos de noble «virtud invisible», que comienza cada mañana con la carrera enérgica de nuestros héroes sin corona: los laboriosos miembros que reparten el diario Seikyo antes de que comience la jornada. Estos esfuerzos silenciosos se traducen en impresionantes beneficios tangibles que constituyen las pruebas reales de la familia Soka.

                        La vida de quienes toman la iniciativa y se esfuerzan tras bambalinas resplandece naturalmente de luz sublime. Como un brillante espejo, iluminan también el trabajo de otros ofreciendo palabras de agradecimiento, aliento y valoración.

                        La capacitación que se brinda en la División de Jóvenes —especialmente en comisiones que trabajan tras bastidores como el grupo Soka, el Gajokai y el Byakuren— está generando excelentes valores humanos, jóvenes sinceros que están contribuyendo a la sociedad, cada uno en su campo de actividades. Nada supera un estado de vida forjado y acendrado en las actividades de la Soka Gakkai, que plasman la esencia de la práctica budista.

                        El Daishonin escribe, elogiando las aspiraciones de una seguidora [la abuela de Jibu-bo]:

 

   El honorable Maudgalyayana abrazó la fe en el Sutra del loto, que es el gran bien supremo. De esa forma, además de llegar a ser él mismo un buda, hizo que sus padres lograran la Budeidad. Y por sorprendente que parezca, todos los padres y madres de las siete generaciones anteriores y de las siete generaciones posteriores, y, en verdad, de incontables existencias pasadas y futuras, pudieron llegar a ser budas. Además, todos sus hijos, cónyuges, vasallos, benefactores e incontables allegados pudieron escapar de los tres malos caminos [de infierno, hambre y animalidad], llegar al primer nivel de seguridad [en que los bodhisattvas ya no retroceden] y, luego, a la Budeidad, el estado de la perfecta iluminación.[3]

 

                        Ese «gran bien» de dedicar la vida al kosen-rufu tiene el poder de alumbrar el camino hacia la felicidad y la paz, no solo en beneficio propio y de nuestras familias, sino en bien de todos aquellos con quienes compartimos profundos lazos de vida, e incluso de la localidad y la tierra donde vivimos, y no solo ahora, sino de hoy al lejano futuro.

                        Cuando se inauguró la SGI, en enero de 1975, dije a los camaradas allí reunidos: «Más que vivir buscando la alabanza personal o la propia gloria, espero que dediquen su noble existencia a sembrar las semillas de la Ley budista en todo el mundo».

                        Las semillas de la paz que los maestros y discípulos de la Soka han plantado con su «virtud invisible» han germinado en magníficos jardines de «flores humanas»[4] en todo el mundo, que no cesan de florecer y de multiplicarse en gran profusión.

                        El Daishonin promete: «Y esto es sólo el comienzo; tenga la convicción de que pronto llegará la recompensa mayor».[5]

                        ¡En el nuevo año también, sigamos disfrutando de brillantes beneficios visibles generados por nuestras virtudes invisibles!

 

Que la vida de nuestros preciados miembros

dedicados al esfuerzo tras bambalinas

irradie con más brillo que nunca

la recompensa visible de la felicidad

derivada de sus inmensas virtudes invisibles.

 

 

     (Traducción del artículo publicado en la edición de diciembre de 2017 del Daibyakurenge, revista mensual de estudio de la Soka Gakkai).

 

 

[1] Los escritos de Nichiren Daishonin (END), Tokio: Soka Gakkai, 2008, pág. 950.

[2] The Writings of Nichiren Daishonin, Tokio: Soka Gakkai, 2006, vol. 2, pág. 636.

[3] END, pág. 861.

[4] El Sutra del loto, Tokio: Soka Gakkai, 2014, cap. 5, pág. 105.

[5] END, pág. 950.