Una nueva delegación internacional de activistas por el desarme nuclear visita el Jardín de la Paz

La delegación, ante el monumento Manos por la Paz | Foto: CGlobal
El domingo 18 de octubre, el Jardín de la Paz, lindante con el Centro Cultural Soka en Rivas-Vaciamadrid, recibió una visita de excepción. Bajo una lluvia fina, recorrió este espacio público una delegación encabezada por representantes de tres organizaciones promotoras del desarme nuclear galardonadas con el Premio Nobel de la Paz: Michiko Kodama, secretaria general adjunta de la Confederación Japonesa de Organizaciones de Víctimas de las Bombas A y H (Nihon Hidankyo, Nobel en 2024); Melissa Parke, directora ejecutiva de la Campaña internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN, Nobel en 2017); y Carlos Umaña, miembro de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW, Nobel en 1985), además de director ejecutivo de la Alianza por el Desarme Nuclear. Los acompañaron Yayoi Tsuchida, secretaria general del Consejo Japonés contra las Bombas Atómicas y de Hidrógeno (Gensuikyo), así como varios miembros de la Alianza por el Desarme Nuclear. Y los recibió un grupo de la SGEs, formado mayoritariamente por representantes del Departamento de Jóvenes. Los visitantes pudieron conocer cinco de los elementos que dotan de significado al Jardín de la Paz: el rosal Setsuko Thurlow, dedicado a esta otra superviviente de la bomba atómica de Hiroshima, que en 2017 fue invitada por ICAN a pronunciar el discurso de aceptación durante la gala del Nobel de la Paz en Oslo; el monumento Manos por la Paz, que representa una mensaje contra todo tipo de violencia y que contiene una reliquia de la destrucción de Nagasaki el 9 de agosto de 1945; un árbol ginkgo biloba, uno de los organismos vivos más antiguos de la Tierra y símbolo de la esperanza desde que, un año después de las explosiones atómicas en Japón, volviera a brotar en terrenos afectados; un olivo plantado el 2 de octubre, Día de la No Violencia y de la Paz Mundial, en 2023; y la escultura Liberar la Paz, que aboga por superar el cautiverio que impone la doctrina de la disuasión nuclear. Aprovechando la oportunidad, Michiko Kodama, de 88 años, compartió su experiencia con los presentes. Cuando la bomba Little Boy fue lanzada sobre Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, ella tenía 7 años. Sufrió heridas de consideración, pero conservó la vida. Sin embargo, no se libró de otras consecuencias: la pérdida de numerosos seres queridos; el estigma con que cargaron los hibakusha (supervivientes de las bombas atómicas) durante décadas; la muerte por cáncer, a lo largo de los años, de casi toda su familia; y el recuerdo de los horrores presenciados, que vuelven a su mente cada vez que relata sus vivencias, justamente para que nadie, nunca más, tenga que experimentar otras parecidas. Conmovida y redeterminada tras escuchar el testimonio de Kodama, Melissa Parke señaló a los presentes que «la acción es el antídoto al sentimiento de la desesperanza». La visita se produjo en el marco de una gira que, del 12 al 20 de octubre, incluyó actos en Gijón y Madrid, entre ellos un encuentro en el Congreso de los Diputados.
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